Ayer ojeaba una revista. Y me asaltaron horribles dudas.
TENÍA.
Tenía los ojos muy abiertos y transparentes como los habría dibujado un diseñador de cristalería. Para ser un niño, incluso aunque hubiera sido por ser un diseño de una copa para vino, sus ojos estaban evidentemente separados y carentes de vida. Su flequillo era textil y teñido de un color dorado carente de profundidad. Era como un cascarón de aire de cáscara de nuez. No era un pez de colores, era un niño anuncio. Xavier era, sin quererlo, hijo de un maniquí con jersey azul klein de cuello cerrado y camisa sobresaliente. El hombre maduro e inexistente que nunca abrazaba a su hijo era, en cambio, un exitoso cargo medio en la empresa de autocares de la familia. El niño de gesto de mármol se aferraba con sus garfios transparentes al maniquí. Al fin y al cabo era su padre.
En la cuarta sesión fotográfica de una conocida revista de moda entró su compañera de posado. Xavier esperaba relajado con su cabeza apoyada sobre las dos manos, estribado en una chaise longue gigantesca, decorada con un poncho geométrico. La menor traía una evidente mala cara, incompatible con una majestuosa melena ondulada de color café, pero quién era él para juzgar la mala cara de nadie. Como una escolta paramilitar, con la infante marchaba un par de botas de cuero y tacón. Dentro de ellas y creciendo como el tronco de un eucalipto surgían dos piernas secas y energéticas sobre las que se sustentaba una madre de dimensiones infinitas.
- Ethel Sáinz de Tejada es su nombre – arrojó al mostrador junto con su smartphone y una carpeta, una recopilación de fotos y méritos artísticos de su hija, evidentemente.
- Sáinz es..
- Compuesto, todo con guiones. Disculpen la tardanza. Me ha costado horrores dejar el coche.
Aquella madre traía el viento de la calle, pensó el niño del pelo de otra galaxia. De las mangas de su camisa blanca remangada salían los rojos y verdes de los semáforos de la ciudad. Su energía era la continuación del jaleo de los coches y a su hija le había puesto Ethel. Xavier admitió la derrota: aquel torbellino de casi dos metros y melena negra había dedicado más tiempo y cuidado solamente en escoger el nombre a Ethel que su padre, el de los cuellos de cachemir, en hacerle caso a él a lo largo de los últimos dos años.
- Cariño, quédate ya tu sola. He de bajar al aparcamiento – Xavier miró cómo aquel junco se contorsionaba y salía levantando otra ventisca hacia la puerta del estudio de fotografía.
- Mi madre, en cambio – se dirigió hacia la niña de los hombros cargados ante la responsabilidad de vivir con aquella estrella fugaz – no ha venido nunca. No sé si es bueno o malo.
- La mía es así – bajó la vista y el color café de aquel pelo perdió el brillo azabache como si, de repente, alguien hubiera cerrado las cortinas de su infancia.
Xavier entendió que, quizá, el figurín de los jerseys de cuello de caja que ignoraba a mamá, era un malvado de cuento infantil. Cuando terminara la sesión de fotos estaría allí, aburrido y probablemente mirando las piernas a las chicas. Pero sentía poder manejar la distancia. Aquella muchacha, que apretaba los labios y miraba al infinito de su vestido color hueso, vivía otro modo de esclavitud. Él acudía ocasionalmente a sesiones comerciales, por capricho de su madre y por la capacidad de presumir que alimentaba su padre, un imbécil de urbanización. Un imbécil familiar, en todo caso. Ethel carecía de imbéciles a su alrededor. Peligrosamente.
De los horrores de vida de Ethel y de la suya, había diferencias insalvables. A su favor.
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