Ella, en verde

Posted: 25/05/2012 in Uncategorized

La plataforma ARTGERUST convocaba un concurso de microrrelatos con la base temática de la carretera. On The Road ha recibido más de mil microrrelatos y, entre ellos, 200 pasan a ser seleccionados para una antología.
Mi contribución (entre una docena larga que envié y que ya son parte de un nuevo proyecto) fue esta. https://www.artgerust.com/certamenes.php?id=12473

“Ella, en verde”

En el reseco y herboso arcén y en mitad de una incorporación a la autopista del aeropuerto, hay alguien con un chaleco verde. Un chaleco verde, en la curva, en posición casi suicida, una correa, un perrito y una señora. El chaleco restallaba desde casi un centenar de metros. Esos chalecos oprimen el estómago de quienes tomamos esa curva. Aminoro para comprobar que es una señora, bajita, que está paseando a un perro. O buscando algo. Al mismo tiempo intento reconstruir mi cabeza y tomo con prudencia el curvón. Todo es posible, incluso lo más delirante. Son las tres y media de la tarde. Los bonos diferenciales españoles a diez años están al cinco por ciento con el bono alemán y en el exterior no bajamos de treinta y ocho grados. Es verano y Madrid tiene estas cosas y estas cifras.

Boulevar Los Próceres. Tosten-Jan Pederssen y su amiga hacían auto-stop tras una mochila North Face, una bolsa con sandwiches de cangrejo, en bermudas Salomon y chanclas compradas a la etnia local cien metros más atrás, por la cuneta hacia allá, siguiendo la brecha del asfalto tercermundista. Reafirmaban una posición intelectual.
Militaban en un modo de viajar. Se iniciaban, mejor, era su primer abismo cultural. El asfalto ardía bajo el sol guatemalteco. Cartel: “A S. Pedro Sacatepéquez”.
En esa misma cuneta, bajo un puente donde colgaban carteles de la internacional revolucionaria, les dieron una paliza y despojaron de sus pertenencias.

[Ha sido una de mis primeras incursiones en el microrrelato. Participé con él en el Concurso 99 palabras. Obtuve 3 puntitos lo que me dejaron sobre el puesto 115 de 150 presentados.]

Ayer ojeaba una revista. Y me asaltaron horribles dudas.

TENÍA.

Tenía los ojos muy abiertos y transparentes como los habría dibujado un diseñador de cristalería. Para ser un niño, incluso aunque hubiera sido por ser un diseño de una copa para vino, sus ojos estaban evidentemente separados y carentes de vida. Su flequillo era textil y teñido de un color dorado carente de profundidad. Era como un cascarón de aire de cáscara de nuez. No era un pez de colores, era un niño anuncio. Xavier era, sin quererlo, hijo de un maniquí con jersey azul klein de cuello cerrado y camisa sobresaliente. El hombre maduro e inexistente que nunca abrazaba a su hijo era, en cambio, un exitoso cargo medio en la empresa de autocares de la familia. El niño de gesto de mármol se aferraba con sus garfios transparentes al maniquí. Al fin y al cabo era su padre.

En la cuarta sesión fotográfica de una conocida revista de moda entró su compañera de posado. Xavier esperaba relajado con su cabeza apoyada sobre las dos manos, estribado en una chaise longue gigantesca, decorada con un poncho geométrico. La menor traía una evidente mala cara, incompatible con una majestuosa melena ondulada de color café, pero quién era él para juzgar la mala cara de nadie. Como una escolta paramilitar, con la infante marchaba un par de botas de cuero y tacón. Dentro de ellas y creciendo como el tronco de un eucalipto surgían dos piernas secas y energéticas sobre las que se sustentaba una madre de dimensiones infinitas.

- Ethel Sáinz de Tejada es su nombre – arrojó al mostrador junto con su smartphone y una carpeta, una recopilación de fotos y méritos artísticos de su hija, evidentemente.
- Sáinz es..
- Compuesto, todo con guiones. Disculpen la tardanza. Me ha costado horrores dejar el coche.

Aquella madre traía el viento de la calle, pensó el niño del pelo de otra galaxia. De las mangas de su camisa blanca remangada salían los rojos y verdes de los semáforos de la ciudad. Su energía era la continuación del jaleo de los coches y a su hija le había puesto Ethel. Xavier admitió la derrota: aquel torbellino de casi dos metros y melena negra había dedicado más tiempo y cuidado solamente en escoger el nombre a Ethel que su padre, el de los cuellos de cachemir, en hacerle caso a él a lo largo de los últimos dos años.

- Cariño, quédate ya tu sola. He de bajar al aparcamiento – Xavier miró cómo aquel junco se contorsionaba y salía levantando otra ventisca hacia la puerta del estudio de fotografía.
- Mi madre, en cambio – se dirigió hacia la niña de los hombros cargados ante la responsabilidad de vivir con aquella estrella fugaz – no ha venido nunca. No sé si es bueno o malo.
- La mía es así – bajó la vista y el color café de aquel pelo perdió el brillo azabache como si, de repente, alguien hubiera cerrado las cortinas de su infancia.

Xavier entendió que, quizá, el figurín de los jerseys de cuello de caja que ignoraba a mamá, era un malvado de cuento infantil. Cuando terminara la sesión de fotos estaría allí, aburrido y probablemente mirando las piernas a las chicas. Pero sentía poder manejar la distancia. Aquella muchacha, que apretaba los labios y miraba al infinito de su vestido color hueso, vivía otro modo de esclavitud. Él acudía ocasionalmente a sesiones comerciales, por capricho de su madre y por la capacidad de presumir que alimentaba su padre, un imbécil de urbanización. Un imbécil familiar, en todo caso. Ethel carecía de imbéciles a su alrededor. Peligrosamente.
De los horrores de vida de Ethel y de la suya, había diferencias insalvables. A su favor.

Estaba la guapa esperando, con una melena desbocada, camisa blanquísima y falda purísima de corte amplio, caqui, casi, previa a cruzar desde el lateral de una rotonda del comercio de lujo. Había dejado la guapa unas bolsas de muy poco caché en un banco de mármol, blanquito, y sostenía la altiva mirada en los coches que bajaban como centellas.
Enfrente, estaban las del mundo de los papeles, el infame proceso de asimilación por goteo que forma vergonzosas colas de avergonzadas inmigrantes que no deberían estarlo, que esperan en la oficina de asilos y de refugio. Manda sobre todas ellas un simio de dos cuerpos, me cruzo con él, son las 8.53am. Sortea con su fría mirada perlas de ébano con rizos imposibles y cuerpos moldeados por la miseria. Barriendo la acera de los pares, sorteando con mis pensamientos la realidad, vi policías cincuentones que miran los culos de las transeúntes mientras fuman negro, enfundada su arma en pantalones de tergal. Estaban las demás, ébano triste, rizos apretados con un tinte absurdo de aceptación occidental, ni caribeño que era, las manos tapándose la cara y apoyando los codos en sus rodillas, morían semidormidas. Las demás, la guapa no, hacían turno en un banco de madera con sus sueños, probablemente, embarrancados en una playa de arenas paradisiacas donde disparan con balas de trece milímetros y pegan fuego a las aldeas. La guapa terminaba de cruzar esa avenida que ya parecía suya, en diagonal, evitando la sección de la acera de las demás, de las que habían huido metidas en una lata de anchoas de madera hacia las costas del sueño español.
Tuve que bajar los ojos. Mientras terminaba de barrer la calle, una mañana más, vi la incorporación excepcional de aquella guapa que rompía la barricada de miedo y pobreza, esa rara ave del paraíso que avanzaba segura sobre sus plataformas de lujo, casi flotando por los tres carriles y medio que yo había baldeado minutos atrás, hasta llegar a la altura de las demás. De aquellas que se prostituían sin ser tan bellas ni tan libres. Oyendo las pisadas de la guapa, confluyeron sus ojos y los míos y me rendí. Levantó aquella mirada festoneada con cicatrices marfileñas bajo los párpados, como señales de pellizcos tribales a fuego y sangre, símbolos que no entendemos.

No me dijo gran cosa. “Es una tía guapa, ¿verdad?”.
Continué barriendo.

Necesitaban 20 historias que tuvieran un bosque como base. Este relato corto pasó a concurso en el certamen “Esta noche te cuento”

Pasado el merendero miró hacia los árboles. Horas y horas de lluvia inmisericorde, oscuridad fúnebre, vientos que azotaban la ciudad con furia. La oscuridad impedía vislumbrar más que una cueva negra y penachos que se recortaban sobre ella. Las copas se movían organizadamente por el vendaval. El policía sintió un escalofrío. Al girar la vista al frente, dió un brusco frenazo para no chocar contra un Volvo familiar que le precedía. Agarrando con fuerza el volante sintió como sus latidos le taladraban las sienes. No podía dejar de acordarse del cuerpo de la chica española tapada sobre la manta de aluminio.
Cuando levantaron el cadáver en el bosque una mañana de Abril se encontraron con una joven estudiante bajo una oquedad de las ramas. El amanecer había cubierto de humedad su ropa ensangrentada. Recordó haberse fijado especialmente en sus zapatillas, estaban empapadas. Estúpidamente sintió que aquel cadáver tendría frío en los pies. Ahora, asiendo un volante que se le clavaba en la alianza, notó sus pies, helados. La calefacción del Ford no le reconfortaba lo más mínimo.
Tardó veinte minutos en recorrer unas anegadas calles. Avenidas de la periferia de la ciudad, una calzada colapsada y, a sus pies, frío.

La nota

Posted: 29/01/2012 in Uncategorized

Refulgía en mi barrio y así lo colé. Otro microrrelato.

“Avisamos a nuestra distinguida clientela que cerraremos sábados y domingos por la tarde”, reza más o menos el papel que relumbra en el bar de la esquina de mi casa. La distinguida clientela no se había dado cuenta y el garito, donde crece malamente, despeinado y desnutrido el Felisín y abollece el caldero a diario, donde se reúnen el Neng de la tienda de recambios, el chino de enfrente, la yonqui integrada en el rebaño de madres de chandal del parque y el ferroviario que se cuela, dia sí dia no, en el metro, el antro dice que chapa las tardes de modorra de todo Julio y Agosto.

Bs.As.[1]

Posted: 25/01/2012 in Uncategorized
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Viajé a Buenos Aires en uno de los años más duros de la historia reciente. Me traje, eso sí, el amor por una ciudad.

¿Donde estaba el genio? ¿Y el hambre? Fuí a ver cómo habían construido una ciudad más hermosa que París y más espaciosa que Berlín, que habían poblado con sicilianos de Modica, gallegos de Cangas, salernitanos, sanabreses, hebreos polacos, pude sentir algo que durante años había rechazado. La llamada de la sangre.
Camino de la Bombonera aquella tarde olía a choripan y a guerrilla. Centenares de coches aparcados en las descampadas traseras al puerto de la Boca pitaban acobardados, tras ser asaltados por las hordas hambrientas de todo, de ídolos, de tardes plenas de sudor y sol. Bajamos del colectivo a unos trescientos metros de ese despampanante espantajo que es Caminito, saltamos la valla y atravesamos dos cuadras que iban degradándose en arco iris del gris al pálido y del yeso al negro.
Humo saliendo de una esquina, bidón asando más choripanes, ‘negros’ y transeúntes de lo ajeno, chicos de las villas, Chacariteros que juegan al fútbol con los clientes de las prostitutas al calor de las bocas de los talleres del subte(rráneo), y una pared vertical entre solar y medio de incalculable valor sentimental. La Bombonera llena, acaban de aterrizar los primeros villeros y los más violentos de los hinchas de Boca. El partido del homenaje a Diego, que es Dios, a escasos cuarenta minutos, la cancha llena, empujones y cargas de caballo sobre las espaldas negras y azul y dorado de veinteañeros sin nada más que sangre en la sangre. Sangre de su Dios.
Un viejo me oye comentarle algo a Teresa, sufrimos un dejá vu conjunto, nos han pillado y eso que vamos disimulando y apenas susurramos para pasar desapercibidos, yo sin afeitar, sandalias rotas, camiseta negra con Dios seriegrafiado, ella morena tanto turca como siciliana.
- Ustedes son gashegos.
- A ver.
- Yo nací en un pueblín de León.
El hombre llora solo. Se le ha roto algo dentro. A mí también. No puedo pasar más horas en el estuario del Plata con estas averías en lo más hondo de la cabeza. Entiendo que le pasa. Yo he volado desde mi emigración europea, para ver a mi hermanita, de nuevo emigrada a Argentina, y el leonés se queda parado en el caleidoscopio de los mil reflejos, sin poder cruzar la cara cambiante de la vida, la que le acercaría a nosotros, porque una riada, además, de xeneizes, la ‘bosta’ de este maravilloso mundo paralelo que es Argentina, atruena como si un maremoto fuera a romper sin remisión contra Puerto Madero y destrozar tanto lujo renovado con la ira del pobre:
- Maradooooooooooooooooo…